Lo Efímero, o cómo componer música para cine que sabes que jamás va a ser escuchada

MAQUILLANDO EL MIEDO A LA PARTITURA EN BLANCO

Ay, qué peligro tienen las supuestas ideas geniales. Sí, esas que en el momento en que se producen se apoderan de todo tu ser y te guían por un proceso ultramotivante pero también ultralleno de explicaciones altisonantes y bombásticas que solo entiendes tú.

Algo parecido me ocurrió cuando el director Jorge Muriel (querido amigo) me eligió como compositor de la banda sonora de esa maravilla de cortometraje que hoy es Lo efímero. Superado el subidón de la noticia, mi cabeza empezó a ametrallarme con cientos de “ideas geniales”.

Pero algo bueno que creo que tiene haber superado la barrera de los cuarenta años es que no me fío ni un pelo de mis ideas geniales. Sobre todo cuando vienen rápido y en tropel. En más de una ocasión, esas ideas geniales son en realidad ocurrencias prematuras que rebotan de aquí para allá enmascarando el estrés, el miedo a no estar a la altura y el dolor que produce una partitura en blanco. Y en esta ocasión, además, el material que Jorge me presentó era verdaderamente excepcional. ¡Mi cabeza iba a explotar de supuesta creatividad! En realidad, mi cabeza iba a explotar, sí, pero del acojone que tenía encima.

Si algo me tranquiliza de trabajar con Jorge Muriel como director es que sé que no solo va a escuchar mi trabajo con minuciosidad, sino que va a participar activamente de todo el proceso creativo, casi como si fuéramos dos compositores. Yo estoy enamorado de él artísiticamente desde que lo conocí, pero incluso si no lo estuviera, una cosa es innegable: dedica mucho tiempo a profundizar a través del diálogo sobre cómo mejorar lo que se va creando. Así que, ¡a crear Iñaki!

-¡Frena los caballos y vuélvete a ver el corto! -me digo una y otra vez, para detener el impulso de sentarme a componer inmediatamente de acuerdo a mis ideas geniales y preconcebidas.

La versión del corto que recibí (maravillosamente montada por Bernardo Moll) ya venía con música de referencia. Con eso Jorge me estaba diciendo dónde quería música, pero también dónde no. ¿Qué estupendo, verdad? No tan rápido. Si no sabéis lo que significa que se haya montado una película con música de referencia, ya os lo digo yo: estáis fotuts. Porque es altamente probable que tanto Jorge como Bernardo hayan visto el corto con esa música decenas de veces. Y eso significa que compongáis lo que compongáis, vais a tener que luchar contra el temido sesgo de familiaridad.

Batallando contra el sesgo de familiaridad

Cuando funcionamos “en automático”, sin tener mucha conciencia de lo que hacemos, y tenemos que elegir entre varias opciones, tendemos a quedarnos con aquello a lo que hemos estado expuestos con más frecuencia, sea o no lo mejor. Una respuesta evolutiva de nuestro precavido cerebro que podía ser maravillosa cuando vivíamos en una gruta y cantábamos alrededor del fuego, pero que es una maldición para el compositor de música de cine hoy en día: es el “temp love”, o amor eterno y encadenado por la música que se ha puesto de referencia.

Y, oye, puede que sí, que ese amor haya surgido con merecido criterio, y que como compositores no podamos ofrecer nada mejor que no sea muy muy parecido a la referencia, porque esa música está a todas luces cojonudamente empleada cinematográficamente. O no. O simplemente todo el equipo está tan habituado a escucharla, que cuando ofreces algo distinto la reacción inmediata es visceral y unánime: pero, ¿qué narices es esto que nos está proponiendo el músico éste?

Jorge Muriel es un creador con una conciencia artística muy desarrollada, pero, afortunadamente, es profundamente humano. Y yo, conocedor de su humanidad (y la de Bernardo Moll Otto), sabía que hiciera lo que hiciese iba a generar rechazo de primeras. ¿Qué podía hacer para mitigar este efecto?

CONSIGUIENDO IDEAS CINEMATROGRÁFICAS, NO MUSICALES

El temp track de Lo Efímero consistía en dos momentos musicales:

[SPOILER]

1) Cuando Sergi y Martín encuentran sus pieles en la barra de un vagón de metro

2) Cuando se separan definitivamente para no verse nunca más.

[FIN SPOILER]

La música empleada era muy hermosa, casi elegíaca, y acercaba al corto a una emotividad delicada y trascendental. Sentaba muy bien al momento 1. Pero lo cierto es que no pasaba de ahí. Y además se usaba otra vez tal cual en el momento 2. Y ahí sí que no funcionaba tan bien. Necesitábamos claramente otra cosa. Ya, pero de entre todas las hordas de “ideas geniales” contra las que estaba lidiando… ¿cuál era la más acertada?

Como Jorge es así de generoso y abierto, me hizo partícipe del proceso de montaje en su etapa final, esa donde el corto tomó la forma que tiene ahora. La apasionante pero acojonante fase donde pasas de tener mil películas posibles a reducirla a una sola: la definitiva. Y uno podría pensar que qué hace el director metiendo al compositor en estos fregaos, pero ay, si pensáis así… siento deciros que antes de músico el compositor de una banda sonora debe ser cineasta.

Y gracias a participar en este proceso final de montaje se fueron descartando solas muchas de esas ocurrencias musicales iniciales (típicas de un músico en apuros) para quedarnos con la que me parecía más valiosa como cineasta: necesitábamos que dos universos emocionales y paralelos se acariciasen delicada pero intensamente, y que esa caricia perdurase durante cuarenta años. Cuarenta años que en realidad, parecen un instante.

Así fuimos dando con la clave: había que crear una danza entre sus miradas, sus caricias, sus recuerdos, sus proyecciones futuras. Pero, además, debíamos elevarla de significado, haciéndola muy pasional pero al mismo tiempo muy trascendente. Coño, que los dos pobres se tiran después cuarenta años rememorando un romance que apuntaba muy buenas maneras y que nunca pudo ser.

Para conseguir ese objetivo, cada vez parecía más claro que debíamos crear un tema para cada personaje. Dos temas que debíamos explorar en las pequeñas secuencias de los recuerdos de Sergi y Martín, haciéndolos evolucionar con cada desencuentro o aprendizaje que van obteniendo a lo largo de su vida.

Pero, ¿a que no sabéis qué? Pues que Jorge tenía muy claro que esas secuencias no llevaban música ni de coña. Y con muy buen criterio, ojo, porque al no llevar música se convierten en datos biográficos para el espectador, a pesar de que por montaje son mostrados como recuerdos. Qué grande Jorge, porque así no juzgamos a los personajes por su pasado.

NADIE VA A ESCUCHAR TU MÚSICA JAMÁS. ¿POR QUÉ CREARLA?

Sin embargo para mí era imprescindible componer música para esas secuencias, porque la idea de crear una danza para el encuentro sensorial y pasional entre los dos personajes podía llevarnos a algo tipo In the mood for love (que ya me gustaría a mí, por otro lado XD). Así que le dije a Jorge:

-Mira, ya sé que los recuerdos van sin música, pero yo aún así voy a trabajarlos musicalmente, aún sabiendo que nadie va a oir estas músicas jamás. Así, cuando las pieles de Sergi y Martín entran en contacto, sus temas también lo harán como una danza, produciendo una sonoridad nueva para ambos, pero que en realidad es la suma de ambas desarrollada. Puedo equivocarme, pero creo que como espectadores recibiremos la pasión del momento pero al mismo tiempo una enorme profundidad no consciente que trasciende a los propios personajes.

La verdad es que no sé si me conseguí explicar, pero la idea parecía convencerle a Jorge, así que me puse a trabajar en ella. Y bueno, aunque puede parecer muy poco estimulante y una locura de gasto crear, sincronizar y grabar música en momentos que sabes que ya irán sin ella, lo cierto es que fueron configurándose los universos sonoros de cada personaje. No podéis escucharlos en el corto, pero sí en Spotify 😉

Pues bueno, afortunadamente, al ponerme con la música para la secuencia del contacto entre pieles y miradas del metro, jugando con el encuentro de estos dos temas, el efecto era el buscado.

Ahora venía lo bueno: ¿cómo presentárselo a Jorge? Posiblemente su sesgo de familiaridad entrase en juego y lo rechacese inmediatamente. Porque el resultado era bien distinto al temp track (aunque conservara algo de su aire).

Era posible que por haber intercambiado tantas impresiones sobre la evolución del montaje se hubiese abierto un canal de comunicación favorable que le permitiera leer la nueva propuesta antes de escucharla. Redacté unas líneas introductorias, donde dejaba claro que, sobre todo, había tres partes musicales muy diferenciadas (silencio incluido): una presentando a Martín, otra presentando a Sergi y una última donde una danza pretende fijar el fogoso instante de su encuentro en el alma.

Oh yeah, el temp track tenía una única estructura que iba evolucionando sutilmente y no se detenía en ningún momento hasta que era interrumpido. Nada que ver.

Jorge, que es muy educado, no me contestó nada más ver la propuesta con la música integrada. Supongo que la profecía se cumplió y gritó en alto: “pero, ¿qué narices es esto que nos está proponiendo el músico éste?”.

Sin embargo, sí que le convencieron las tres partes diferenciadas, y, sobre todo, el silencio entre ellas. Es increíble cómo puede contar muchísimo más el silencio que se crea después de una música que la música en sí misma. Mi amigo el director de escena Julián Fuentes Reta lo llama el efecto campana extractora: cuando la apagas siempre se produce un “aaaah, qué gusto” donde tu realidad adquiere un nuevo significado. Oro en estado puro a nivel dramático.

Estas tres partes engancharon a Jorge y nos ayudaron a combatir el temp love.

ENGANCHANDO HACIENDO CINE, QUE NO MÚSICA

¿Qué os quiero contar con todo esto? Pues que lo importante fue dar con una idea cinematográfica que era mejor que la que proponía el propio temp track. Cualquier otra ocurrencia musical que aportase dramáticamente algo parecido a lo que ya hacía la música de referencia seguramente hubiera acabado en la papelera de reciclaje. Cortesía del sesgo de familiaridad. Fuera o no fuera mejor música.

Así le describí a Jorge la idea, basada en el material temático en secuencias previas que nunca nadie iba a escuchar con música:

Parte 1: Hola, soy Martín. Pellizco recuerdos y realidades y no termino de saber muy bien porqué nadie baila a mi ritmo. Esta parte termina cuando alza la mirada después de quitarse el anillo de casado. Silencio.

Parte 2: Hola, soy Sergi. Acaricio pasado, presente y futuro, pero no termino de tener el coraje sufiente para tocar de manera sostenida y auténtica. Esta parte termina cuando Sergi anciano toca el espejo con su dedo índice.

Parte 3: Lo efímero. Un instante que se queda instalado en el alma, un refugio al que acudir y revisitar deseando que quizá en otras realidades tenga mayor duración. Se ve fuertemente interrupido por una viajera que reconoce a Martín.

Hubo que hacer muchos retoques, por supuesto, pero estaban fundamentados en comunicar musicalmente lo mejor posible esta nueva idea.

Estas bases fueron nuestro ancla para el resto momentos donde íbamos a emplear música. Incluso nos ayudó a elaborar un lenguaje común lejos de términos musicales. Algo muy liberador creativamente, la verdad. Si ya lo dice el gran Conrado Xalabarder:

El compositor que no propone, es el compositor que obedece.

CONRADO XALABARDER

¡Guauuu! ¡Muchas gracias por leer hasta aquí y hasta la próxima!

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